22 de fevereiro de 2014

¿Se están endureciendo los brasileños?, Juan Arias


Da la sensación de que la gente está crispada, lo que la lleva a tomarse la justicia por su mano y ver la venganza como una medicina eficaz


No sé si es bueno o es malo, pero existe una sensación, cada vez más palpable, de que los brasileños, gente cordial, se están endureciendo. Son solo síntomas aún, pero que empiezan a afectar a todo el país.
Siempre he destacado que los brasileños acaban conquistando a los extranjeros por su capacidad de acogida, por su paciencia, por su elasticidad y por su falta de agresividad, algo que, por ejemplo, nos aqueja a los españoles, más impacientes.
Eso se notaba hasta en la calle cuando preguntabas algo; en las tiendas, donde eras atendido con una gran paciencia, algo que deja admirada a mi hija cada vez que viene de Barcelona a Brasil: “¿Es que aquí son todos tan amables siempre?”, me preguntaba sorprendida.
Yo mismo he contado mil anécdotas agradables que he vivido en el trato con la gente en los 15 años que llevo en este país escribiendo para este diario. Entre ellas, la solidaridad con quien, en algún momento, necesitaba de ayuda.
¿Todo eso ha cambiado? Quizás aún no. Los procesos de cambio negativos en una sociedad son lentos, necesitan a veces años para consolidarse y suelen ser el fruto amargo de alguna crisis que la aqueja gravemente, como ocurrió últimamente en algunos países de la Unión Europea en los que la crisis económica y el desempleo que arrastró consigo hicieron que dichas sociedades se crispasen.
En Brasil no existe una situación que pudiera explicar ese endurecimiento que empieza a observarse en las personas. El país, en muchos de sus parámetros, ha mejorado y, en general, se vive mejor que hace 20 años. Algo, sin embargo, está ocurriendo, aunque por ahora sea más bien de modo subterráneo. Da la sensación de que la gente está crispada con algo que la lleva a tomarse la justicia por su mano o a ser o parecer menos solidaria cuando alguien pide ayuda. Empieza a verse la venganza como una medicina eficaz, algo sobre la que empiezan a alertar sociólogos y escritores. Barbara Musemeci, en su artículo de irónico título Injusticia con las propias manos, publicado en el diario O Globo, alerta sobre el momento que está viviendo Brasil, al afirmar que “la experiencia no deja dudas de que la venganza es un atajo para eternizar la violencia”. La socióloga recuerda que “la idea que sustenta la venganza empieza a enraizarse en nuestra cultura”.
El agudo escritor Verissimo en su artículo Alarma, publicado el mismo día y en el mismo diario, advierte de que existe un momento en las sociedades en que empieza a sonar una alarma y que lo difícil y peligroso es saber cuando esa alarma ya se ha disparado. Pone el ejemplo de la tragedia judía de Hitler. ¿Cuándo sonó la alarma que presagiaba el Holocausto? El agudo escritor afirma que ante “la falta de un centinela” que nos alerte de que “los bárbaros están llegando”, debemos confiar en nuestro instinto. Y ese instinto es el que empieza a avisarnos de que una cierta barbarie se empieza a incorporar a una sociedad que tuvo siempre vocación de civilización y de convivencia.
Estamos viendo, por ejemplo, que la gente aboga por la silla eléctrica para los “bandidos” y, lo que es peor, que defiende el linchamiento de alguien que haya robado o asaltado, con la excusa de que el Estado “se limpia las manos” y que los políticos viven blindados y escoltados y no se enteran del miedo que la gente tiene en la calle, sobre todo en las grandes ciudades.
Damos por bueno que el policía, solo por ser tal, merece ser objeto de violencia llegando a borrarse la frontera entre el corrupto y el que se esfuerza por cumplir su deber.
Una dureza y violencia que ejercen hasta los que asaltan, que ya no se conforman con robar al que pasa a su lado, sino que acaban hiriendo o matando de forma gratuita. Así lo contó a un diario un ciudadano: en el Aterro do Flamingo, en Río, un joven no se conformó con robarle su bicicleta eléctrica, sino que le dejó de regalo una puñalada en el pecho que pudo haber sido mortal.
¿Por qué esa violencia añadida?
En las cárceles siempre hubo escenas de violencia gratuita, pero al parecer esos horrores se están agravando al mismo tiempo que la policía, quizás contaminada por ese despertar de dureza colectiva, acaba pagando con la misma moneda en vez de ser un elemento de seguridad ciudadana.
Yo suelo estar atento a las cartas de los lectores de los periódicos o de los comentarios en los artículos de los diarios online, que suelen ser un termómetro del humor de la gente. Y también esos comentarios se están radicalizando y cada vez más, en vez de las reflexiones de antaño, abundan los exabruptos y los insultos contra todo y contra todos. Existen hasta blogueros pagados para desacreditar a los que piensan de otro modo.
El diapasón de la violencia está aumentando de volumen. Hasta en las favelas pacificadas de Río están volviendo peligrosamente las viejas guerras entre traficantes y policías.
En los estadios de fútbol sube la temperatura de la intransigencia ante la derrota del propio equipo, lo que lleva a las agresiones de los adversarios.
En las manifestaciones, que deberían ser pacíficas como siempre fueron las multitudinarias del pasado, se están introduciendo cada vez más los grupos violentos azuzados, al parecer, hasta por fuerzas políticas que deberían ser las guardianas del orden.
Crecen la violencia doméstica, la violencia contra la mujer y la violencia entre adolescentes. Cada día los medios e comunicación nos relatan crímenes dentro de las mismas familias que ponen la carne de gallina.
La violencia no solo se extiende sino que se está brutalizando.
Esa sensación de endurecimiento a varios niveles empieza a preocupar a sociólogos y psicólogos y divide a veces a los que deberían atajar ese principio de endurecimiento de la sociedad al politizar la violencia, distinguiendo entre violencia como tal -que sería condenable- yviolencia social, que podría ser permitida, aceptando la falacia de que los fines justifican los medios.
En una sociedad como la brasileña, destacada por su capacidad de aceptación del extranjero, por su poco aprecio por las guerras y por su gusto por la vida y por la fiesta, su ejemplo de convivencia pacífica entre regiones tan diferentes y su ecumenismo religioso, la violencia estaba limitada al tráfico de drogas y a las truculencias de una policía poco preparada y, a veces, corrupta. Por eso debe alertarnos, como la alarma de Verissimo, esa especie de endurecimiento generalizado que empieza a advertirse y al que no estábamos acostumbrados.
Y aunque hasta ahora se trata más bien de pequeños síntomas, no por ello las autoridades responsables deben minimizarlo. Todos sabemos muy bien que los incendios que acaban arrasando los bosques comienzan a veces con una colilla de cigarro tirada en el suelo. Y cuando en nuestro organismo se aprecian algunas décimas de fiebre, el médico se preocupa por saber a qué responde esa anomalía.
Todos los fascismos de derechas o de izquierdas mamaron desde su infancia de la fuente emponzoñada de la violencia gratuita y de la intolerancia y la venganza.
Brasil, en el delicado y peligroso camino de la agresividad que empieza a despertar, en ese querer adueñarse del derecho de hacer justicia con sus propias manos, aún no ha activado la alarma. Pero las décimas de fiebre que ya registra el termómetro de una cierta intolerancia colectiva no puede dejar de preocuparnos: quizás ninguna de nosotros es inocente y la sociedad no se divide de manera salomónica en víctimas y verdugos.


Vácuo e descontrole: violencia no Brasil


22 de fevereiro de 2014 | 2h 06

Marco Aurélio Nogueira* - O Estado de S.Paulo
Não deveria ter sido preciso a trágica morte do cinegrafista Santiago Andrade para que nos déssemos conta de que a situação é complicada. O País parece saturado da falta de opções, ouve com tédio os discursos políticos, no máximo, com aquela vã esperança de que algum mágico dê jeito nas coisas. O clima de exasperação, a rejeição passional da divergência e a ausência de debate público bloqueiam quase tudo. As manifestações estão aí, mas a qualquer momento podem derivar para o caos ou esfriar. Também elas carecem de sustentabilidade e eixo.
Desponta no horizonte uma enorme crise social, que não derrubará governos, mas os desafiará como nunca.
Um olhar que não desça às profundezas da sociedade pode achar que tudo vai bem, melhor do que antes, que o País se tornou um player de respeito no mundo e a população está feliz. Não considera que novas modalidades de ação, novos protagonistas e demandas pressionam os governos. E se as deficiências estruturais do País - na educação, nos transportes urbanos, na saúde, nos aeroportos - não são atacadas com determinação, as pessoas se irritam e se frustram, adubando o terreno para todo tipo de explosão.
Foi esse o recado das ruas de junho de 2013. Poderia ter havido ali uma inflexão positiva, um salto na compreensão crítica do País que se vem formando, a abertura de uma nova dialética Estado-sociedade. Não se ouviu, porém, o recado.
Em vez disso, seguiu-se com a mesmice de sempre, com o ufanismo que nos caracteriza, a subserviência ao sistema internacional, aos bancos e aos mercados, a obsessão pelo crescimento. Em vez de inventarmos um modo nosso de fazer as coisas - por exemplo, de organizarmos a Copa, para ficar com algo simples e oportunista -, compramos um pacote fechado. Fazemos de conta que não há desperdício, que as prometidas obras de infraestrutura virão no devido tempo, que os bilhões de reais canalizados para construir ou reformar estádios são a precondição para que o País organize "a melhor Copa de todas". As pessoas não acreditam. Preferem esperar para ver. Não há correntes sociais ativas para sustentar o que se decide fazer no País.
As coisas não pioram, vão até melhorando em alguns aspectos. Mas faltam entendimentos para que se dê um arranque expressivo. De dentro e de fora do governo federal ouve-se que o Estado precisa gastar menos, como se fosse possível reduzir ou redefinir despesas públicas a esta altura do campeonato. Se a vida de parte dos mais pobres melhorou, graças às políticas de incentivo ao consumo e à Bolsa Família, daí virão mais exigências de gasto, não menos. Surgirão arranjos inusitados e expectativas que nem sempre poderão ser atendidas. As pessoas quererão mais saúde, educação e transportes, e tudo com mais qualidade. Coisas que exigem investimento, políticas e coordenação estatal - um projeto de País, em suma, que é precisamente o que mais falta.
As manifestações têm-se sucedido. Vão de rolezinhos a espasmos cívicos e protestos contra a Copa. Em todas, as agendas são idênticas: transparência, respeito a direitos, reconhecimento, espaços de lazer, mobilidade urbana, outra política. Em todas, o despreparo policial desaba sem muito critério sobre as multidões e se faz acompanhar de uma violência "simbólica" que o reverbera e amplifica, adicionando a ele o despreparo dos manifestantes. Destaca-se a tragédia da hora, esquecem-se as mortes enfileiradas ao longo dos anos, o cotidiano pesado, a falta de perspectiva dos jovens, o ambiente sociocultural que não agrega. Joga-se luz sobre os violentos sem que se expliquem as raízes da violência e o porquê de ela estar-se convertendo em opção de vida.
É equívoco grosseiro usar a situação para atacar o governo federal, como se fosse ele o culpado pelo descontrole e pela violência que estão por aí. Mais polícia e repressão não solucionarão nada, assim como leis "antiterrorismo" ou contra mascarados. Poucas vozes políticas se fazem ouvir. O Congresso Nacional nem sequer se manifesta. A manipulação vem de todos os lados. Fatos soltos, interpretações descabidas e acusações levianas passam a servir de base para que se façam ilações absurdas. Ora se atinge um deputado, como Marcelo Freixo (PSOL-RJ), ora a culpa por tudo seria da mídia. Há quem glamourize os black blocs como filhotes destemperados da desobediência civil e quem se aproveite deles para desgastar o regime ou propor endurecimento político. Poucos consideram o estrago que a "tática" causa à democracia.
O País parece estar num vácuo político, no sentido preciso de que está sem direção e coordenação. Se há vácuo, é porque não há matéria que preencha o espaço: governo e oposição, instituições e sociedade civil. Como a vida muda depressa, o descontrole tende a ser grande. Não se trata do governo federal, mas de crise dos governos, das instituições, do Estado em seu conjunto, crise da cultura e de uma hegemonia. Isso se expressa, por exemplo, no afã esteticizante e performático dos manifestantes atuais. Eles não aceitam o modo "tradicional" de protestar. Querem se mostrar, aparecer, e máscaras são usadas também para isso.
Não é, porém, o fim do mundo. Numa situação complexa, difícil de ser governada, não se deveria estar a desancar instituições - igrejas, partidos, entidades, órgãos de imprensa; o melhor seria exigir que cumpram alguma função construtiva. Nossos políticos desprezam a gravidade do momento, seguem batendo uns nos outros, não ensaiam nenhuma aproximação ou acordo. Estão picados pela disputa eleitoral que se aproxima. Só contribuem para complicar o quadro.
É preciso decifrar essa paisagem que desponta na neblina. O levantar de poeira, a culpabilização e as teorias conspiratórias não ajudam a que se enfrente uma condição emergencial. Serenidade, clareza, apuração rigorosa de fatos, perspectiva política e união dos democratas são o que temos de melhor: recursos indispensáveis.
*Marco Aurélio Nogueira é professor titular de Teoria Política e diretor do Instituto de Políticas Públicas e Relações Internacionais da UNESP. 

SYLVIA COLOMBO Os fora da lei


O fenômeno não é novo na América Latina. Quando o Estado não consegue ser eficaz para garantir a segurança da população (ou quando quer afirmar seu poder usando a força sem respeitar as leis e os direitos humanos), apoia-se em grupos paramilitares. Alguns destes surgem espontaneamente entre os civis, outros são estimulados e financiados desde o princípio.
Foi assim com esquadrões da morte em vários países. Também com os temidos Tonton Macoute, do Haiti, que ajudaram a manter o poder ditatorial dos Duvalier. Ou com as Autodefesas Unidas da Colômbia, cujo objetivo inicial era lutar contra as Farc. Ainda com as Rondas Campesinas, destinadas a combater os terroristas do Sendero Luminoso, no Peru.
Além de ferirem mortalmente a ideia de Estado de Direito, esses grupos deixaram para trás um legado de sangue e injustiça, em alguns casos criando novas forças criminosas que ameaçaram as democracias e desacreditaram o Estado.
Os erros do passado parecem não ter servido de lição. Agora, em pelo menos dois países do continente, essa estratégia volta a ser adotada. No México, são as "autodefesas". Na Venezuela, os "coletivos".
No país do norte, elas ganharam força nos últimos dois anos, na região do Golfo e no sul. Cansados de sofrer os abusos de narcotraficantes, que praticam extorsão, sequestram e matam a população local, grupos de civis decidiram se armar e atacar os criminosos por conta própria. Hoje, já estão em mais de 11 Estados mexicanos.
Em Michoacán, onde o poder público não consegue atuar devido à força do cartel dos Cavaleiros Templários, as "autodefesas" são a única esperança de Enrique Peña Nieto para manter o controle da região. Seu governo acaba de fazer um acordo com as milícias, integrando-as às guardas rurais do Exército. A oposição combate firmemente a proposta, uma vez que significa a legalização de uma milícia paramilitar armada de fuzis e tanques.
Na Venezuela, os "coletivos" não são novidade e vêm sendo base de apoio dos governos Chávez e Maduro. Só nos últimos dias, encapuzados e a bordo de suas motos, espalharam medo e terror nas ruas de Caracas, ajudando a polícia na repressão dos protestos antigoverno e causando mortes.
A oposição, entidades de direitos humanos e ONGs no México e na Venezuela vêm alertando para a ameaça que esses grupos representam.


Esses exemplos deveriam iluminar o debate medieval que se instalou no Brasil depois do caso do adolescente preso num poste no Flamengo, no Rio. Aos setores da sociedade que apoiam a criação de milícias contra a criminalidade, vale o convite a conhecer o final dessas tristes experiências, que terminaram com a criação de entidades monstruosas, armadas e sem nenhum controle.

Folha de S.Paulo, 22/2/2014

Museus na fila


Um dos museus mais tradicionais do mundo, o Louvre, de Paris, recebe anualmente cerca de 8 milhões de visitantes. O Museu Britânico, em Londres, mais de 5 milhões. O MoMA, de Nova York, em torno de 3 milhões. São números eloquentes sobre o interesse que esse tipo de instituição suscita, com variados acervos e exposições.
Não há no Brasil nada que se aproxime desses patamares. Ainda assim, boas exibições, em especial quando não exigem em demasia do bolso, atraem público significativo --sejam elas ligadas ao universo da arte ou voltadas para temas da cultura contemporânea.
É o que se observa no Museu da Imagem e do Som, em São Paulo, em frente do qual se formam longas filas para a mostra sobre o músico pop David Bowie. Fenômeno semelhante ocorreu, não faz muito, com quadros impressionistas franceses no Centro Cultural Banco do Brasil, tanto em São Paulo como no Rio de Janeiro.
Nem sempre, porém, os museus do país mostram-se capacitados a oferecer um calendário de eventos satisfatório. Muitos, além disso, enfrentam dificuldades para adquirir obras e preservar suas coleções.
O Masp tornou-se um caso crônico: embora seja o mais popular de São Paulo, tendo alcançado 730 mil visitantes em 2013, há anos tropeça em obstáculos administrativos e financeiros.
É lamentável que o poder público, a quem caberia criar condições mais favoráveis, se perca em iniciativas duvidosas, como o decreto nº 8.124, assinado em 2013 pela presidente Dilma Rousseff, que instituiu o Estatuto dos Museus.
Com o diploma, obras privadas passaram a ser "monitoradas" pelo Estado, que se outorgou a prioridade de comprá-las em leilões e o direito de restringir sua transferência para o exterior.
A norma provocou reações negativas entre colecionadores particulares, que, com razão, perceberam traços intervencionistas e um ânimo preconceituoso contra o mercado. Criou-se um conflito contraproducente e desnecessário. Acervos de alguns dos principais museus do mundo, entre os quais o do Masp, foram constituídos a partir de esforços privados.
Em vez de fomentar um clima de desconfiança, em seu afã de tudo regulamentar, o governo deveria criar instrumentos legais e tributários que facilitassem o desenvolvimento do mercado de arte e incentivassem a transferência voluntária de obras privadas para espaços públicos. Infelizmente, o país ainda está longe disso.
Folha de S.paulo, 22/2/2014

    21 de fevereiro de 2014

    Venezuela: infierno de persecución, Oscar Arias

    No hay nada peor que tener miedo a decir la verdad


    Quiero sumar mi voz a un coro de preocupación que recorre buena parte de nuestra América.
    Miles de estudiantes y opositores al gobierno del Presidente Nicolás Maduro en Venezuela fueron brutalmente atacados con armas de fuego por los cuerpos de seguridad.
    En ningún país verdaderamente democrático uno va a prisión o es asesinado por pensar distinto o por querer manifestar su oposición a las políticas del gobierno. Venezuela puede hacer todos los esfuerzos de oratoria que desee para vender la idea de que es una verdadera democracia, pero con cada violación a los derechos humanos que comete niega en la práctica esa afirmación, porque reprime la crítica y la disidencia.
    Todo gobierno que respete los derechos humanos debe respetar el derecho de su pueblo a manifestarse pacíficamente. El uso de la violencia es inaceptable. Recordemos la advertencia de Gandhi: “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”.
    Siempre he luchado por la democracia y estoy convencido de que en una democracia, si uno no tiene oposición debe crearla, no reprimirla y condenarla a un infierno de persecución, que es lo que parece hacer el gobierno del Presidente Maduro.
    Venezuela debe respetar los derechos humanos, sobre todo los derechos de sus opositores, porque no tiene ningún mérito respetar sólo los derechos de sus partidarios.
    En algún momento de su vida dijo Martin Luther King Jr. que “…los lugares más calientes del infierno están reservados para aquellos que en un período de crisis moral mantuvieron su neutralidad. Llega el momento en que el silencio se convierte en traición”.
    Por ello estoy consciente de que al hacer estas afirmaciones me expongo a todo tipo de críticas de parte del Gobierno venezolano. Me acusarán de inmiscuirme en asuntos internos, de irrespetar su soberanía y, casi con certeza, de ser un lacayo del imperio.
    Sin duda, soy un lacayo del imperio: del imperio de la razón, de la cordura, de la compasión y de la libertad. No voy a callarme cuando se vulneran los derechos humanos.
    No voy a callarme cuando la sola existencia de un gobierno como el de Venezuela es una afrenta a la democracia. No voy a callarme cuando se pone en jaque la vida de seres humanos, por defender sus derechos ciudadanos. He vivido lo suficiente para saber que no hay nada peor que tener miedo a decir la verdad.

    Óscar Arias fue presidente de Costa Rica y obtuvo en 1987 el Premio Nobel de la Paz.


    RUY CASTRO Fim da infâmia (racism0o no futebol)


    RIO DE JANEIRO - Torcedores racistas imitam sons de macacos quando certos jogadores negros tocam na bola. Na semana passada, a vítima foi o atacante Tinga, do Cruzeiro, pela torcida do peruano Real Garcilaso. Em 2013, foi o marfinense Touré, do inglês Manchester City, pela do russo CSKA. Ainda em 2013, foi o italiano de pais ganenses Balotelli, do Milan, ante a do Inter --antes disso, na Croácia, os torcedores locais já lhe tinham jogado bananas. Em 2012, o brasileiro Juan, então no Roma, ante a do também italiano Lazio.
    A intolerância vem de longe. Em 2005, outro marfinense, Zoro, do italiano Messina, foi tão insultado pelos torcedores do mesmo Inter que, chorando, tentou abandonar o jogo --e só foi convencido a ficar pelo nosso Adriano. O problema é que atitudes isoladas são inúteis. Há pouco, Balotelli ameaçou sair de campo se voltar a ser insultado --apenas para ouvir de Michel Platini, presidente da UEFA, que, se fizer isto, levará cartão amarelo. Que vergonha.
    Não há esporte mais democrático do que o futebol. Todos os clubes possuem jogadores de diferentes idades, nacionalidades, origens sociais, níveis culturais --e etnias. Donde não tem sentido insultar um adversário negro. O clube de quem faz isto também deve ter jogadores negros. E, entre seus torcedores, idem, haverá negros.
    Ao ser ofendido, o jogador tenta ou finge ignorar os insultos, para não se desconcentrar do jogo. Mas, e se sua mulher ou família estiver nas arquibancadas? Omitir-se não será um sinal de covardia, fraqueza, submissão? Pois basta isso para que se perca a concentração.
    Uma forma de acabar com tal infâmia seria o alto-falante anunciar, logo às primeiras macaquices, que, se aquilo continuar, o jogo será encerrado com a vitória do time do jogador humilhado. Mesmo que esteja 10 x 0 para o dos que humilham.

    Folha de A.Paulo, 21/2/2014
      HÉLIO SCHWARTSMAN
      Maconha pelas razões erradas
      SÃO PAULO - É claro que cada um é livre para defender o que achar melhor, mas devo dizer que algo me incomoda na estratégia de grupos de ativistas de pressionar pela legalização da maconha com base em suas propriedades medicinais.
      Não me entendam mal. Sou pela legalização não só da maconha como de todas as drogas. É fato ainda que a Cannabis apresenta várias moléculas de interesse médico, que deveriam ser exploradas clinicamente.
      O que não me parece muito certo na tática escolhida é que ela aposta na corrosão das normas e não em sua modificação, como seria mais honesto. Foi este o caso de alguns Estados norte-americanos, que passaram a admitir o uso de maconha em contexto médico e logo viram surgir uma indústria de consultas com profissionais de saúde cujo único intuito era encontrar uma "moléstia" que justificasse a emissão da carteirinha de usuário para qualquer um que desejasse. Com ela, o paciente poderia comprar a erva para tratar quase tudo, de dor nas costas a caquexia.
      Não gosto desse caminho por várias razões. A mais trivial é que ele contribui para esvaziar a própria noção de lei. Apesar da miríade de normas estúpidas que assola o mundo, a ideia de que a sociedade pode impor regras que valem para todos os membros ainda é fundamental.
      Também me parece ruim associar a maconha com remédio. Isso pode fazer com que se perca de vista que se trata de uma droga, ou seja, que vem com uma porção de efeitos colaterais que podem ser danosos.


      Mais importante, a estratégia de comer pelas beiradas faz com que as pessoas deixem de travar o bom combate. Ao circunscrever o debate da legalização apenas à maconha e pelas razões erradas, perde-se a oportunidade de formular o argumento essencial, a saber, que o Estado não tem legitimidade para decidir o que um cidadão, de posse das informações relevantes e sem prejudicar terceiros, pode fazer consigo mesmo.

      Folha de S. Paulo, 21/2/2014