23 de novembro de 2014

How many K-12 students are illegal immigrants?

Valerie Strauss
While President Obama’s new executive order offering protection from deportation to millions of illegal immigrants raises many questions, let’s look at how many children of illegal immigrants are attending K-12 schools in the United States, and how many of those children are illegal immigrants themselves.
According to the Pew Research Center’s Hispanic Trends Project, 6.9 percent of K-12 students had parents of illegal immigrants in 2012, while far less — 1.4 percent — of all students were illegal immigrants themselves. (Anybody born in the United States automatically becomes a U.S. citizen, despite the legal status of their parents.) Nevada had the biggest percentage of students with parents who were  illegal immigrants, followed by California, at 13.2 percent; Texas, at 13.1 percent; and Arizona, at 11 percent.
The figures come from a new report that says there were an estimated 11.2 million illegal immigrants in the United States in 2012 (the latest year for which there is data), the same as in 2009. (The report notes that the number of unauthorized immigrant adults with U.S.- born children may be higher than its estimates because these numbers do not include those who live separately from their children.) It also estimated that 3.5 percent of the United States’s 2012 population of nearly 316 million were illegal immigrants — and that these same people represent 26 percent of the nation’s 42.5 million foreign-born residents.
Here’s some of the data:

Para 89% dos brasileiros, escolas públicas são violentas



LUIZ FERNANDO TOLEDO E VICTOR VIEIRA - O ESTADO DE S. PAULO
21 Novembro 2014 | 10h 00

Pesquisa ouviu 3 mil pessoas em todo o País; ambiente de agressões é visto como entrave para avanço de qualidade


SÃO PAULO - Estudo do Instituto de Pesquisa Data Popular apontou que 89% dos brasileiros consideram que há muita violência nas escolas públicas do País. Alunos desrespeitosos e professores desmotivados são outros gargalos apontados no estudo. A segurança, de acordo com o levantamento, é o fator mais relevante para assegurar a qualidade de ensino, seguido por valorização de professores e funcionários.
A pesquisa "A educação e os profissionais da educação", realizada a pedido da Confederação Nacional dos Trabalhadores em Educação (CNTE) e da Apeoesp (Sindicato dos Professores do Ensino Oficial do Estado de São Paulo), ouviu 3 mil pessoas de todo o País em setembro deste ano. Os casos mais recorrentes de violência relatados foram agressão verbal (40%), física (35%), bullying (23%), vandalismo (21%), e discriminação (16%) e roubo (12%). Violência sexual e assassinato também são mencionados, em menor número.
Qualidade de ensino. Para 32% dos entrevistados, a qualificação e preparação dos professores representam o que há de mais importante para se obter educação de qualidade. Também são mencionados a preparação do aluno para o mercado de trabalho (15%), melhores salários aos professores (14%), infraestrutura (12%), fim da reprovação automática (12%),entre outros itens.
Como benefício do ensino qualificado, 55% disseram que haveria redução da violência. Em segundo lugar, o combate à pobreza (50%). Empregos melhores (44%) e formação profissional mais sólida também foram mencionados.O estudo ainda apontou que, para 59% dos brasileiros, o País está longe de ter uma educação de qualidade. Outros 33% acreditam que o Brasil está "próximo" de atingir tal objetivo e apenas 6% afirmam que a meta já foi conquistada.
Em relação às perspectivas de entrada no mercado de trabalho, os entrevistados se dividiram - 48% consideraram que quem estuda em escola particular tem melhores chances. Já 45% dizem que não o tipo de escola não influencia no futuro emprego. Houve ainda quem dissesse que a escola pública assegura mais possibilidade de empregos melhores - 6%.
"A educação é vista hoje como a porta de futuro de uma sociedade melhor", afirmou Renato Meirelles, presidente do Data Popular. "As pessoas falavam que se pode tirar o Bolsa-Família, o emprego, mas a educação ninguém tira", disse. Segundo Meirelles, existe um descompasso entre a importância simbólica dada ao professor e o valor que a população imagina que o profissional receba.
"Perguntamos qual a profissão com nível superior com os melhores salários. O professor apareceu com 1% das citações", disse Renato Meirelles. "Depois, perguntamos qual deveria ser a profissão melhor remunerada. Aí eles apareceram no topo da lista", completou.
Mudança de paradigma. Para a especialista em violência escolar Miriam Abramovay, a percepção de insegurança na sociedade se repete dentro da sala de aula. "Tivemos uma democratização muito grande do ensino, mas a escola não mudou para receber uma população que ela não recebia antes ", afirma a pesquisadora da Faculdade Latino-Americana de Ciências Sociais (FLACSO).
A formação de professores para entender o universo dos alunos, de acordo com Miriam, é uma solução. "Mas se pensam apenas medidas punitivas, repressivas", critica. Outra saída é dar mais voz às crianças e adolescentes. "Os jovens devem ter participação ativa. Devem fazer seus próprios diagnósticos sobre o que acontece na escola", defende.

Sufrid, niñitos, Paul Krugman




El Museo de los Apartamentos, en Lower East Side, es uno de los sitios que más me gustan de la ciudad de Nueva York. Se trata de un edificio antiguo de la época de la Guerra Civil que dio cobijo a varias oleadas consecutivas de inmigrantes, y en el que han restaurado algunos apartamentos para que tengan exactamente el mismo aspecto que tuvieron en distintas épocas, desde la década de 1860 hasta la de 1930 (cuando el edificio fue declarado inhabitable). Cuando uno recorre el museo, se queda con la fuerte sensación que produce la inmigración como experiencia humana, la cual —a pesar de los muchos malos momentos, a pesar de un entorno cultural en el que a los judíos, los italianos y otros se los consideraba a menudo una raza inferior— ha sido en su mayoría positiva.
El apartamento Baldizzi de 1934 me impresiona especialmente. Cuando les describí su distribución a mis padres, ambos afirmaron: “¡Yo crecí en ese apartamento!”. Y los inmigrantes actuales son iguales, en cuanto a sus aspiraciones y su comportamiento, que mis abuelos; gente que busca una vida mejor y que, en su mayoría, la encuentra.
Por eso es por lo que apoyo sin reservas la nueva iniciativa sobre inmigración del presidente Obama. No es más que una cuestión de decencia humana.
Eso no quiere decir que yo, ni la mayoría de los progresistas, estemos a favor de unas fronteras completamente abiertas. Se puede ver una razón importante ahí mismo, en el apartamento Baldizzi: la foto de F. D. Roosevelt en la pared. El New Deal convirtió Estados Unidos en un lugar inmensamente mejor, aunque probablemente no habría sido posible sin las restricciones inmigratorias que entraron en vigor tras la Primera Guerra Mundial. Por un lado, sin esas restricciones, se habría hablado mucho, con razón o sin ella, de toda la gente que llegaba en tropel a Estados Unidos para aprovecharse de las ayudas gubernamentales.
Además, la inmigración libre significaba que muchos de los trabajadores peor pagados de Estados Unidos no eran ciudadanos y no podían votar. Una vez que entraron en vigor las restricciones a la inmigración, y los inmigrantes que ya estaban en el país obtuvieron la ciudadanía, esa clase inferior privada del derecho al voto se redujo rápidamente, lo que contribuyó a crear las condiciones políticas necesarias para un colchón de seguridad social más fuerte. Y sí, los inmigrantes poco cualificados probablemente influyan un poco en la bajada de los salarios, aunque los datos que tenemos indican que esa influencia es bastante pequeña.
Mis padres tuvieron la vida que tuvieron porque EE UU estuvo dispuesto a tratarlos como personas
De modo que la política sobre inmigración se enfrenta a algunos problemas complejos. A mí me gusta decir que, si no nos sentimos en conflicto respecto a esos problemas, es que hay algo en nosotros que no va bien. Pero algo con lo que no debemos tener ningún conflicto es la propuesta de que deberíamos ofrecer un trato decente a los niños que ya están en nuestro país (y ya son estadounidenses en todos los aspectos importantes). Y de esto es de lo que trata la iniciativa de Obama.
¿De quiénes hablamos? En primer lugar, hay más de un millón de jóvenes en este país que llegaron —sí, ilegalmente— cuando eran pequeños y han vivido aquí desde entonces. En segundo lugar, hay un gran número de niños que han nacido aquí —lo que los convierte en ciudadanos estadounidenses, con los mismos derechos que tenemos ustedes y yo— pero cuyos padres llegaron ilegalmente y, según la ley, pueden ser deportados.
¿Qué debemos hacer con estas personas y sus familias? Hay ciertas fuerzas en nuestra escena política que quieren que los tratemos con mano de hierro; que busquemos y deportemos a jóvenes residentes en EE UU que no nacieron aquí pero que nunca han conocido otro hogar; que busquemos y deportemos a los padres indocumentados de niños que son estadounidenses, y obliguemos a estos niños a exiliarse, o bien a arreglárselas solos.
Pero eso no va a pasar; en parte porque, como nación, no somos en el fondo tan crueles; en parte porque esa clase de campaña exigiría unas medidas que se parecerían a las de un Estado policial; y en gran medida, siento decirlo, porque el Congreso no quiere gastar el dinero que se necesitaría para algo así. En la práctica, los niños indocumentados y los padres indocumentados de niños con papeles no se van a marchar.
La verdadera pregunta, por tanto, es cómo vamos a tratarlos. ¿Seguiremos adelante con nuestro actual sistema de abandono perverso, les negaremos derechos comunes y corrientes, y los someteremos a la amenaza constante de la deportación? ¿O los trataremos como a los conciudadanos nuestros que ya son?
La verdad es que el puro interés personal nos dice que actuemos con humanidad. Los niños inmigrantes de hoy son los trabajadores, contribuyentes y vecinos del mañana. Condenarlos a vivir en la sombra significa que tendrán una vida doméstica menos estable de lo que deberían, que se les negará la oportunidad de adquirir una educación y formarse, que contribuirán menos a la economía y desempeñarán una función menos positiva en la sociedad. El hecho de no actuar es autodestructivo sin más.
Por lo que a mí respecta, no me preocupa demasiado el dinero, ni siquiera los aspectos sociales. Lo que de verdad importa, o debería importar, es la humanidad. Mis padres pudieron tener la vida que tuvieron porque Estados Unidos, a pesar de todos los prejuicios de aquella época, estuvo dispuesto a tratarlos como a personas. Ofrecer esa misma clase de trato a los niños inmigrantes de hoy es la manera práctica de actuar, pero también, y esto es fundamental, es lo correcto. Así que aplaudamos al presidente por ello.
Paul Krugman es profesor de Economía de la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía de 2008.

22 de novembro de 2014

Insegurança e violência são os principais problemas nas escolas, diz pesquisa

Cuantas veces mas precisaremos insistir sobre esta realidade hasta que realmente se formule una política pública eficaz?: porque tanto descaso? Porque repetir en el contexto de la esuela el mismo descaso e ineficiencia con que se combaten los inaceptables indicadores de la violencia en el resto de la sociedad? es mera casualidad? como algo tan obvio que tiene un impacto tan dramático en el rendimiento escolar se deja sin la atención que merece? Porque será?


Insegurança e violência são os principais problemas nas escolas, diz pesquisa

Para 89% dos entrevistados, existe muita violência nas escolas públicas brasileiras. A pesquisa foi apresentada hoje, dia 21, na Conferência Nacional de Educação (Conae)

Aula de ensino fundamental em escola pública, Serrano do Maranhão/MA
Aula de ensino fundamental em escola pública na cidade de Serrano do Maranhão/MA (Anderson Schneider/VEJA)
Levantamento feito pelo instituto de pesquisa Data Popular revela que a falta de segurança e a violência nas escolas são os principais problemas apontados pela população para uma educação de qualidade. Em seguida, a sociedade aponta a necessidade da valorização dos professores e funcionários. A pesquisa foi apresentada hoje, dia 21, na Conferência Nacional de Educação (Conae).
O estudo, encomendado pela Confederação Nacional dos Trabalhadores em Educação (CNTE) em parceria com o Sindicato dos Professores do Ensino Oficial do Estado de São Paulo (Apeoesp), foi realizado em setembro deste ano, com 3 mil pessoas de mais de 16 anos, nas cinco regiões do país.
O levantamento mostra que para 89% dos entrevistados existe muita violência nas escolas públicas brasileiras. Os entrevistados entram em consenso quando o assunto é valorização dos professores, já que 98% avaliam que a profissão deveria ser mais valorizada.
"A pesquisa mostra em números o que já sabíamos", diz o presidente da CNTE, Roberto Franklin de Leão. "A sociedade vê o que está acontecendo, vê que precisamos de mudança", acrescenta.
O levantamento mostra também que há um consenso de que educação é importante para o futuro do Brasil, pois 99% dos entrevistados tiveram essa opinião. A questão foi levada em consideração nas eleições, pois 72% dizem que se informaram sobre educação antes de votar.
"As pautas defendidas pela categoria [professores e funcionários de educação] são amplamente defendidos pela sociedade", diz o presidente do Data Popular, Renato Meirelles. "Se descobrimos isso, temos o grande desafio de trazer essas pessoas como aliadas".
Para 76%, os professores são menos valorizados do que deveriam pela população, enquanto 85% acham que os professores são menos valorizados do que deveriam pelo governo. O salário oferecido aos professores da rede pública é considerado ruim ou péssimo para 66% dos consultados. Apenas 8% disseram que o salário é bom.
De acordo com o levantamento, os entrevistados reconhecem que o professor deveria ser a profissão com a melhor remuneração e 85% dos brasileiros acreditam que os profissionais da educação deveriam ter um piso salarial nacional que valorize o salário. Quando questionados sobre os salários dos professores das escolas privadas, 49% disseram que a remuneração é ótima ou boa. Do total, 98% consideram importante que professores e funcionários das escolas tenham bons salários para que a escola seja de qualidade.
Como consequência do cenário, um sexto dos entrevistados diz pensar em ser professor. Para Leão, o índice é muito baixo. Afora a valorização, ele aponta a violência como algo preocupante. "O professor está assustado, o aluno não aprende adequadamente. A violência influencia no aprendizado", diz.
Além da sensação de insegurança, o levantamento mostra que mais de 80% dos entrevistados estudaram ou estudam em escola pública e grande parte teve conhecimento de algum tipo de violência na escola em que estudou. Os entrevistados alegam saber de casos de agressão física (34,8%), vandalismo (22,7%), discriminação (21%), assalto a mão armada (8,5%), violência sexual (5,9%) e assassinato (3,6%). Além disso, mais de 40% tiveram conhecimento de agressão verbal.  
(Com Agência Brasil), 21/11/2014

Mishandling Rape on College campuses

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CreditKelly Blair
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OUR strategy for dealing with rape on college campuses has failed abysmally. Female students are raped in appalling numbers, and their rapists almost invariably go free. Forced by the federal government, colleges have now gotten into the business of conducting rape trials, but they are not competent to handle this job. They are simultaneously failing to punish rapists adequately and branding students sexual assailants when no sexual assault occurred.
We have to transform our approach to campus rape to get at the root problems, which the new college processes ignore and arguably even exacerbate.
How many rapes occur on our campuses is disputed. The best, most carefully controlled study was conducted for the Department of Justice in 2007; it found that about one in 10 undergraduate women had been raped at college.
But because of low arrest and conviction rates, lack of confidentiality, and fear they won’t be believed, only a minuscule percentage of college women who are raped — perhaps only 5 percent or less — report the assault to the police. Research suggests that more than 90 percent of campus rapes are committed by a relatively small percentage of college men — possibly as few as 4 percent — who rape repeatedly, averaging six victims each. Yet these serial rapists overwhelmingly remain at large, escaping serious punishment.
Against this background, the federal government in 2011 mandated a ramped-up sexual assault adjudication process at American colleges, presumably believing that campuses could respond more aggressively than the criminal justice system. So now colleges are conducting trials, often presided over by professors and administrators who know little about law or criminal investigations. At one college last year, the director of a campus bookstore served as a panelist. The process is inherently unreliable and error-prone.
At Columbia University and Barnard College, more than 20 students have filed complaints against the school for mishandling and rejecting their sexual assault claims. But at Vassar College, Duke University, The University of Michigan and elsewhere, male students who claim innocence have sued because they were found guilty. Mistaken findings of guilt are a real possibility because the federal government is forcing schools to use a lowered evidentiary standard — the “more likely than not” standard, which is much less exacting than criminal law’s “proof beyond a reasonable doubt” requirement — at their rape trials. At Harvard, 28 law professors recently condemned the university’s new sexual assault procedures for lacking “the most basic elements of fairness and due process” and for being “overwhelmingly stacked against the accused.”
Is the answer, then, as conservatives argue, deregulation — getting the government off the universities’ backs? Is it, as the Harvard law professors suggest, strengthening procedural protections for the accused?
Neither strategy would get to the true problems: rapists going unpunished, the heady mixture of sex and alcohol on college campuses, and the ways in which colleges are expanding the concept of sexual assault to change its basic meaning.
Consider the illogical message many schools are sending their students about drinking and having sex: that intercourse with someone “under the influence” of alcohol is always rape. Typical is this warning on a joint Hampshire, Mount Holyoke and Smith website: “Agreement given while under the influence of alcohol or other drugs is not considered consent”; “if you have not consented to sexual intercourse, it is rape.”
Now consider that one large survey showed that around 40 percent of undergraduates, both men and women, had sex while under the influence of alcohol. Are all these students rape victims? And what if both parties were under the influence? Asked this question, a Duke University dean answered, “Assuming it is a male and female, it is the responsibility in the case of the male to gain consent.” This answer shows more ideology than logic.
In fact, sex with someone under the influence is not automatically rape. That misleading statement misrepresents both the law and universities’ official policies. The general rule is that sex with someone incapacitated by alcohol or other drugs is rape. There is — or at least used to be — a big difference. Incapacitation typically means you no longer know what’s happening around you or can’t manage basic physical activity like walking or standing.
So where is this misleading statement coming from? It’s part of the revolution in sexual attitudes and college sex codes that has taken place over the last 50 years. Not long ago, nonmarital sex on college campuses was flatly suppressed. Sex could be punished with suspension or expulsion. This regime kept universities out of the business of adjudicating rape charges. Rape was a matter for the police, not the university.
Beginning in the late 1960s however, sex on campus increasingly came to be permitted. Only nonconsensual sex was prohibited. The problem then became how to define consent.
According to an idealized concept of sexual autonomy, which has substantial traction on college campuses today, sex is truly and freely chosen only when an individual unambiguously desires it under conditions free of coercive pressures, intoxication and power imbalances. In the most extreme version of this view, many acts of seemingly consensual sex are actually rape. Catherine A. MacKinnon took this position in 1983 when she argued that rape and ordinary sexual intercourse were “difficult to distinguish” under conditions of “male dominance.”
Today’s college sex policies are nowhere near so extreme, but they are motivated by a similar ideal of sexual autonomy. You see this ideal in play when universities tell their female students that if they say yes under the influence of alcohol, it’s still rape. You see it in Duke’s 2009 regulations, under which sex could be deemed coercive if there were “power differentials” between the students, “real or perceived.” You also see it in the new “affirmative” sexual consent standards, like the one recently mandated in California, or in Yale’s new policy, according to which sexual assault includes any sexual contact to which someone has not given “positive,” “specific” and “unambiguous” consent.
Under this definition, a person who voluntarily gets undressed, gets into bed and has sex with someone, without clearly communicating either yes or no, can later say — correctly — that he or she was raped. This is not a law school hypothetical. The unambiguous consent standard requires this conclusion.
Sexual assault may not be perfectly defined even in the law, but that term has always implied involuntary sexual activity. The redefinition of consent changes that. It encourages people to think of themselves as sexual assault victims when there was no assault. People can and frequently do have fully voluntary sex without communicating unambiguously; under the new consent standards, that can be deemed rape if one party later feels aggrieved. It will take only one such case to make the news, with a sympathetic defendant, and years of hard work building sexual assault protections for women on campus will be undermined.
Understanding this effort to redefine sexual assault is crucial from a policy standpoint. The new affirmative consent standards are in part an effort to change the culture of sexual relations on campus. “Talking with sexual partners about desires and limits may seem awkward,” counsels Yale’s official sexual misconduct policy, “but serves as the basis for positive sexual experiences shaped by mutual willingness and respect.” If positive sexual experiences are the goal, perhaps schools should continue what they’re doing. An unambiguous consent standard will be unenforceable, but enforceability need not be the criterion when the goal is cultural change. Sending the right message may be more important. Nor should schools raise the burden of proof or adopt other due process protections. Those apply when people are accused of crimes — and the new definitions of consent are divorced from criminality.
But if schools are genuinely interested in preventing sexual assault, they need to overhaul how they think about assault and what they do about it. Prevention, rather than adjudication, should be a college’s priority.
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CreditKelly Blair
That means, first of all, we need to stop being so foolish about alcohol on campus. A vast majority of college women’s rape claims involve alcohol. Not long ago, 18-year-olds in many states could drink legally. College-sponsored events could openly involve a keg, with security officers on hand to ensure that things didn’t get out of hand. Since 1984, when the federal government compelled states to adopt a drinking age of 21, college alcohol policies have been a mockery. Prohibition has driven alcohol into private spaces and house parties, with schools largely turning a blind eye. When those spaces and parties are male-dominated, it’s a recipe for sexual predation. Such predation has been documented: Attending fraternity parties makes women measurably more likely to be sexually assaulted.
If colleges are serious about reducing rapes, they need to break the links among alcohol, all-male clubs and campus party life. Ideally, we should lower the drinking age so that staff or security personnel could be present at parties.
In any event, schools need to forcibly channel the alcohol party scene out of all-male clubs and teach students “bystander” prevention — how to intervene when one person appears to be taking sexual advantage of another’s extreme intoxication. At the same time, students need to be told clearly that if they are voluntarily under the influence (but not incapacitated), they remain responsible for their sexual choices.
Moreover, sexual assault on campus should mean what it means in the outside world and in courts of law. Otherwise, the concept of sexual assault is trivialized, casting doubt on students courageous enough to report an assault.
The college hearing process could then be integrated with law enforcement. The new university procedures offer college rape victims an appealing alternative to filing a complaint with the police. According to a recent New York Times article, a “great majority” of college students now choose to report incidents of assault to their school, not the police, because of anonymity and other perceived advantages.
But the danger is obvious. University proceedings may be exacerbating the fundamental problem: the fact that almost no college rapists are criminally punished — which they will never be if the crimes are never reported to the police. Nationwide, the Department of Justice states that about 35 percent of rapes and sexual assaults were reported to the police in 2013. That’s not enough, but it’s a lot better than the 5 percent reported by college women.
Rape on campus is substantially enabled by the fact that rapists almost always get away with their crimes. College punishments — sensitivity training, a one-semester suspension — are slaps on the wrist. Even expulsion is radically deficient. It leaves serial rapists free to rape elsewhere, while their crimes are kept private under confidentiality rules. If college rape trials become a substitute for criminal prosecution, they will paradoxically help rapists avoid the punishment they deserve and require in order for rape to be deterred.
But colleges can’t just leave sexual assault victims to the criminal justice system, in part because most victims are so reluctant to report assaults to the police. That is why integrating college rape hearings with law enforcement is critical. New training for the police and prosecutors is essential, too. Special law enforcement liaison officers who know how to respectfully receive and vigorously act on sexual assault complaints should be present in every college town. They should be at every college sexual assault hearing. The rights of the accused have to be protected, but whenever there is evidence of a rape on a college campus, the police need to know.
Everything possible should be done to encourage victims to participate in a criminal investigation; if students make a formal complaint of rape to their school, the college should provide them with a lawyer to go with them to the police, help them report the crime and ensure they are treated properly. Meanwhile, the hearing process should be put in the hands of trained investigatory personnel and people with criminal law experience.
Along with returning the definition of sexual assault on campus to its legal meaning, these changes could better protect the accused and help identify and punish rapists.

ÁLVARO PEREIRA JÚNIOR, Os valores da USP

Folha de S.Paulo, 22/11/2014
Afundada em má gestão e com os salários restringidos por lei, não há como atrair docentes jovens e geniais


Ele falava, eu sofria.
De um lado da mesa, o físico boa-praça Alan Guth (do Instituto de Tecnologia de Massassuchetts, MIT), então um jovem professor em rota rápida para a titularidade. Ele tinha sido contratado na esteira de uma teoria crucial, que formulara poucos anos antes.
Do outro, em pânico e suando aos litros, este colunista, na época repórter de "Ciência" da Folha, em temporada de estudo nos EUA. Com paciência sem fim, Guth explicava, e eu pouco entendia, a teoria do universo inflacionário.
Segundo essa tese tão elegante, elaborada por ele, em um instante infinitesimal depois do Big Bang a gravidade se transformou em antigravidade e o universo se expandiu por um fator igual ao número 1 seguido de 30 zeros. Era a solução para um monte de problemas da cosmologia. Por exemplo: por que o universo é tão plano e homogêneo? Uma rapidíssima expansão primordial explicaria isso.
Bem, isso eu sei agora, 25 anos depois (e nem sei se expliquei direito). Na época, repórter iniciante e formado em química, eu mal sabia que existia um ramo da física chamado cosmologia. Que dirá entender de universo inflacionário. Que dirá ser capaz de entrevistar decentemente Alan Guth.
Penando na parte científica, eu anotava, desesperado, cada palavra. Ainda que eu não entendesse nada, se fosse capaz de reproduzir fielmente o que o cientista dizia, pelo menos a matéria sairia sem bobagens. Acho que foi publicada. Honestamente não me lembro.
De toda a conversa, pouco registrei da cosmologia em si, mas nunca me esqueci da história de vida que Alan Guth me contou. No meio acadêmico brasileiro, uma trajetória que seria impossível.
Quando teve a ideia do universo inflacionário, em 1981, Guth já estava no quarto (!) pós-doutorado. O nome é bonito, "pós-doutorado", soa como algo para além do máximo, um ápice para muito poucos.
Na prática, é incerteza e aflição. O sujeito já tem título de doutor, mas ainda não encontrou o que fazer. Vai para o "pós-doc". Quando termina, espera-se que arrume emprego de professor em alguma universidade. Ou isso, ou um vazio abismal.
No desespero, se nada acontece, embarca em um segundo "pós-doc", ganhando tempo enquanto espera por alguma instituição que decida contratá-lo, ou então que ele desista da carreira acadêmica e abra um food truck de comida peruana, uma academia de maracatu etc.
Guth estava assim: em mais um "pós-doc", sem destaque entre seus pares, pensando em abandonar a ciência. Até que saiu o artigo em que concebia o universo inflacionário.
A repercussão foi enorme. Seguiu-se uma situação impensável no Brasil: universidades de primeiro time faziam fila para contratá-lo. Uma proposta melhor do que a outra de salário, benefícios e oportunidades de pesquisa. Ele optou pelo MIT, mas poderia ter escolhido outro lugar de prestígio equivalente.
Agora, imagine a USP --disparada a melhor universidade do Brasil, mas de limitada projeção internacional -- tentando atrair um jovem gênio do nível de Guth. Oferecer um cargo alto, de cara? Sem chance. O infeliz teria de seguir os passos paquidérmicos da carreira universitária no Brasil, preparando toneladas de material a cada etapa de "promoção", esperando abertura de vaga, e torcendo para que vencer o concurso público fosse mesmo questão de mérito, e não uma ação entre amigos.
A USP também não poderia oferecer um salário de nível internacional, já que agora, por lei, o máximo é R$ 20 mil por mês (e só depois de anos e anos de dedicação). É pouco para a ciência de primeira linha.
Domingo passado, depois de uma vitória na Justiça, a Folha publicou os vencimentos dos professores da USP. Entre 6.000 docentes, um só ganha R$ 60 mil, mas foi esse valor, uma distorção sem valor estatístico, que tanto repercutiu. Como se os docente da USP recebessem todos supersalários e vivessem como nababos.
Vale notar que, ao mesmo tempo em que se condena a USP por uns poucos salários altos, cobra-se dela que tenha importância mundial, faça pesquisa de relevância e atraia grandes cientistas.
Difícil. Com desastres sucessivos de gestão, greves constantes (principalmente de funcionários muito bem remunerados) e incapaz de oferecer condições atraentes para talentos estrangeiros, a USP corre o risco de resignar-se a um futuro paroquial. Os herdeiros científicos de Alan Guth vão continuar longe daqui.

21 de novembro de 2014

O custo do racismo, Ricardo Henriques

 

20 de novembro de 2014
"A desigualdade entre negros e brancos na Educação é evidente", afirma Ricardo Henriques

Fonte: O Globo Online



O custo do racismo Apesar dos avanços na Educação, o desafio ainda é enorme, pois os indicadores educacionais são baixos entre os brancos e baixíssimos entre os negros As desigualdades raciais em nossa sociedade violam cotidianamente os direitos humanos de milhões de brasileiros e têm um custo alto para o desenvolvimento econômico do país. Dado que os negros são 52,9% da população, o país compromete sua competitividade global pela limitação no nível de Escolaridade dos negros, significativamente menor que o dos brancos.
A sociedade é cindida por dois paradoxos. Por um lado, somos um povo miscigenado e diverso, tendo a raiz africana como uma de suas matrizes fundantes e, ao mesmo tempo, profundamente desigual e racista, que se comprova pelas estatísticas e por fatos cotidianos no mundo real e virtual. Um dos efeitos disso é a naturalização das desigualdades raciais. Por outro lado, a Educação que, por princípio seria o caminho mais efetivo de promoção da justiça e mobilidade social, está, em várias circunstâncias, na origem, manutenção e ampliação das desigualdades.
A desigualdade entre negros e brancos na Educação é evidente. De acordo com a Pnad (Pesquisa Nacional por Amostra de Domicílios — IBGE), a Escolaridade média do homem negro é de 6,9 anos e da mulher negra de 7,4 anos, enquanto que a do homem branco é 8,7 anos e a da mulher branca, 8,9 anos. Lamentavelmente esse cenário não será rapidamente superado na medida em que 54,4% dos brancos, entre 18 e 19 anos, concluíram o Ensino médio, enquanto que, entre os negros na mesma faixa etária, apenas 35,7% finalizaram essa etapa da Educação básica. Apesar dos avanços na Educação nos últimos anos, o desafio ainda é enorme, pois os indicadores educacionais são baixos entre os brancos e baixíssimos entre os negros. Temos de, simultaneamente, aumentar o nível dos indicadores e reduzir a desigualdade.
Inúmeras Escolas públicas do país encontram dificuldades para acolher todos os estudantes com suas singularidades e necessidades. A Escola frequentemente se apresenta incapaz de lidar com as consequências das desigualdades estruturais socioeconômicas do seu alunado, particularmente nas comunidades mais vulneráveis.
O desafio não é trivial. Além de Professores competentes, dedicados ao Ensino e capazes de reconhecer as desigualdades e valorizar a diversidade, é fundamental fortalecer a gestão da Escola para assegurar o direito à aprendizagem com a melhoria dos resultados cognitivos e socioemocionais de cada estudante.
Uma Educação com qualidade e equidade é pressuposto fundamental para um padrão de desenvolvimento inclusivo e economicamente dinâmico. Se não incidirmos agora na agenda da desigualdade educacional, contemplando a dimensão racial, estaremos fadados, em futuro próximo, a uma situação de limbo na competitividade global.
O caminho mais potente para reduzir as desigualdades e construirmos uma sociedade mais equânime e com oportunidades para todos é a partir de uma Educação pública que reconheça a importância das diferenças e da diversidade, valorize o mérito e construa condições de equidade.

*Ricardo Henriques é superintendente executivo do Instituto Unibanco